Del Diario de Cristobal Colón, 12 de Octubre de 1492.

"¡ Tierra !": Rodrígo de Triana

" Esta tierra vido primero un marinero que se decía Rodrígo de Triana; puesto que el Almirante de las diez de la noche, estando en el castillo de popa, vido lumbre, aunque fue una cosa tan cerrada que no quiso afirmar que fuese tierra; pero llamó a Pedro Gutiérrez, repostero destrados del Rey, e díjole que parecía lumbre, que mirase él, y así lo hizo y vídola: díjolo también a Rodrígo Sánchez de Segovia que el Rey y la Reina enviaban en el armada por veedor, el cual no vido nada porque no estaba en lugar dó la pudiese ver. Después quel Almirante lo dijo se vido una vez o dos, y era como una candelilla de cera que se alzaba y levantaba, lo cual a poco pareciera ser indicio de tierra. A las dos horas después de media noche pareció la tierra, de la cual estarían dos leguas. Amainaron todas las velas, y quedaron con el treo, que es la vela grande sin bonetas, y pusiéronse a la corda, temporizando hasta el día viernes que llegaron a una isleta de los Lucayos, que se llamaba en lengua de indios Guanahaní. Luego vieron gente desnuda, y el Almirante salió a tierra en la barca armada, y Martín alonso Pinzón y Vicente Anes, su hermano, que era capitán de la Niña".

CARTA DE COLON a los Reyes de España

De allí (jardín de la Reina), cuando pude, navegué a la tierra firme, a donde me salió el viento y corriente terrible al opósito: combatí con ellos sesenta días, y en fin no le pude ganar más de setenta leguas. En todo este tiempo no entré en puerto, ni pude, ni me dejó tormenta del cielo, agua y trombones, relámpagos de continuo, que parecía el fin del mundo. Llegué al cabo de Gracias a Dios, y de allí me dió Dios Nuestro Señor próspero el viento y corrientes. Esto fué a 12 de septiembre. Ochenta y ocho días había que no me había dejado espantable tormenta, a tanto que no vide el sol ni estrellas por mar; que a los pavíos tenía yo abiertos, a las velas rotas, y perdidas anclas y jarcia, cables con las barcas y muchos bastecimientos, la gente muy enferma y todos contritos, y muchos con promesas de religión y no ninguna sin otros votos y romerías. Muchas veces habían llegado a se confesar los unos a los otros. Otras tormentas se han visto más no durar tanto ni con tanto espanto. Muchos esmorecieron, harto y hartas veces, que teníamos por esforzados. El dolor del fijo, tanta fatiga y durar en ello: nuestro Señor le dió tal esfuerzo que él avivaba a los otros, y en adolescido y llegado hartas veces a la muerte. De una camarilla, que yo mandé facer sobre cubierta, mandaba la ría. Mi hermano estaba en el peor navío y más peligroso.

Gran dolor era el mío, y mayor porque lo truje contra su grado; porque, por mi dicha, poco me han aprovechado veinte años de servicio que yo he servido con tantos trabajos y peligros, que hoy día, no tengo en Castilla una teja; si quiero comer o dormir no tengo salvo el mesón o taberna. Y la más de las veces falta para pagar el escote. Otra lástima me arrancaba el corazón por las espaldas; era de D. Diego mi hijo, que yo dejé en España tan huérfano y desposesionado de mi honra e hacienda; bien que tenía por cierto que allá como justos y agradecidos Príncipes les restituirían con acrecentamiento en todo.

La primera misa en suelo americano

La expedición española llegó el sábado 30 de julio de 1502 a la isla de Guanaja, a la que Colón denominó Isla de Pinos, por la abundancia que en ella había de estos árboles. En esta isla desembarcó su hermano Bartolemé con la tripulación, menos el Almirante por estar enfermo. Colón recibió informes acerca de que hacia el sur había tierra firme y el día 14 de agosto la escuadrilla fondeó en una punta a la que llamó Caxinas. Posteriormente bordeó hasta la Costa de las Orejas y aquí, en un lugar hoy desconocido, fue cantada la primera misa que se oyó en suelo americano.