EL PAPEL DE LAS MUJERES EN LA INDEPENDENCIA CENTROAMERICANA Y OTRAS
REGIONES DEL CONTINENTELic. Martín Alonso Mira Palomo
INTRODUCCIÓN
Desde los orígenes de la humanidad, la mujer
nunca ha permanecido de brazos cruzados ante las
múltiples exigencias de la vida. Su protagonismo
siempre ha sido importante, independientemente
del rol que le ha tocado desempeñar, algunos de
estos roles son, incluso, insustituibles. Por ejemplo,
madre de familia, esposa, ama de casa, entre otros.
También es importante señalar que en muchas
sociedades, en unas más que en otras, no se le ha
dado a las mujeres el lugar que les corresponde,
debido a la falsa creencia de que sus
responsabilidades más vinculadas al cuidado de la
prole y de tipo doméstico en general, no requieren
de altos niveles de formación intelectual, moral y
religiosa.
En consecuencia, para nadie es un secreto que
gran parte de los problemas sociales que actualmente
nos aquejan tienen sus orígenes en la falta de atención
de las madres hacia sus hijos, debido a que la vida
moderna plantea la necesidad de que las mujeres no
sólo se formen en todos los ámbitos de la vida, sino
también se vean en la necesidad de trabajar fuera
del hogar, a fin de poder aportar económicamente
a la satisfacción de la múltiples necesidades de la
familia.
Los pueblos siempre han tenido la necesidad de
contar con el aporte de sus mujeres. Éstas, por su
parte, siempre han sabido asumir las
responsabilidades que la historia les ha demandado.
Otra cosa es que muchas veces no se les quiera
reconocer su valioso aporte a la familia, a la sociedad
y a la vida humana en general.
En relación al papel de la mujer en los procesos
de liberación de los pueblos latinoamericanos, es
importante señalar que a pesar del especial interés
de los historiadores sobre este suceso tan relevante
para los pueblos del Continente, hay un aspecto
importante sobre el cual hacen poca referencia. En
relación a esto, es conveniente aprovechar el contexto
de las celebraciones correspondientes al 185°
Aniversario de la Independencia Centroamericana,
para hacer referencia a la contribución de algunas
mujeres a los procesos de liberación de nuestros
pueblos.
El licenciado Clodoveo Torres Moss, historiador
y catedrático universitario guatemalteco, sumó en
fecha reciente a la bibliografía de su país y de
Centroamérica una interesante obra titulada La mujer
Centroamericana en el Proceso de la Independencia.
La introducción de su libro justamente señala que
la participación de los distintos estratos sociales en
ampliamente investigado. Sin embargo, no se ha
profundizado lo suficiente, ni los investigadores han
sido objetivos ni ecuánimes cuando examinan la
participación de la mujer en dicho proceso. Priva
en ellos, a veces, el criterio estereotipado de presentar
la culminación del mismo -la histórica Junta del 15
de Septiembre de 1821- como lo más grande, lo más
heróico, lo más digno de rememorarse y de registrarse
en las páginas de la Historia; presentan a quienes
asistieron a esa magna Junta y se pronunciaron a
favor de la causa de la Independencia, firmando el
acta respectiva, como los únicos próceres de tan
noble y justa causa.
LAS MUJERES Y LA INDEPENDENCIA
CENTROAMERICANA

En el caso concreto de las mujeres salvadoreñas
que participaron en el proceso de Independencia
Centroamericana, los historiadores siguen en deuda
con las nuevas generaciones, ya que la escasez de
información es notoria. Sin
embargo, la Asociación de Mujeres
por la Dignidad y la Vida publicó
en fecha reciente un documento
titulado Las mujeres en la historia
de la independencia y la educación,
en el cual hacen referencia a las
hermanas Miranda a María Felipa
Aranzamendi y Manuela Antonia
Arce de Lara, mujeres que, según
el documento en mención,
estuvieron directamente vinculadas
al proceso mencionado. La
publicación de Las Dignas dice lo
siguiente:
LAS HERMANAS MIRANDA
María Feliciana de los Ángeles y Manuela
Miranda propagaron las noticias independentistas
por su campiña natal de Sensuntepeque, que se alzó
en insurrección el 29 de diciembre de 1811 en el
punto conocido como Piedra Bruja.
Capturadas por las autoridades españolas, las
hermanas Miranda fueron recluidas en el Convento
de San Francisco de la localidad de San Vicente de
Austria y Lorenzana, donde escucharon la sentencia
que las condenaba a sufrir cien azotes cada una, para
después ingresar como siervas sin paga en el
convento local y en la casa del cura párroco.
María de los Ángeles murió en el primer trimestre
de 1812, cuando su espalda desnuda recibió la
septuagésima descarga del látigo, manejado por el
verdugo frente a la multitud reunida en la Plaza
Central de San Vicente. Al momento de su muerte,
su edad rondaba los 22 años. Por su martirio, en los
altares de la libertad centroamericana, fue declarada
Heroína de la Patria, mediante el Decreto Legislativo
101, fechado el 30 de septiembre de 1976.
MARÍA FELIPA ARANZAMENDI
En diciembre de 1808 y en la ciudad de San
Salvador, María Felipa Aranzamendi y Aguilar
contrajo matrimonio con Manuel José Arce, con
quien procreó a cuatro hijos y siete hijas.
Debido a las enfermedades que aquejaron a su
esposo durante sus años de estancia en la cárcel,
tras el fallido intento independentista de enero de
1814, María Felipa tuvo a su cargo los bienes
familiares y parte de la defensa judicial de su esposo.
Labor de la que se vio imposibilitada algún tiempo,
pues quedó paralizada durante varios años a causa
de uno de sus múltiples embarazos.
María Felipa permaneció al lado de Manuel José
Arce en los buenos y malos momentos de las luchas
de independencia, durante la guerra para impedir la
anexión a México, en sus años como Presidente
Federal de Centro América y hasta lo acompañó al
exilio en México, cuando el prócer
independentista abandonó el istmo
para retornar casi al momento de su
muerte.
MANUELA ANTONIA ARCE DE
LARA
Manuela Antonia de Arce y
Fagoaga nació en la ciudad de San
Salvador, el 23 de junio de 1783,
en el hogar formado por Antonia
Fagoaga de Aguilar y Bernardo José
de Arce y León.
El 4 de mayo de 1811, Manuela
Antonia contrajo matrimonio con
Domingo Antonio de Lara, con quien procreó a dos
hijas.
Tras los hechos del Segundo Grito de
Independencia, ocurridos el 24 de enero de 1814, Manuela Antonia se convirtió en la defensora judicial
de su hermano y de su esposo. El 17 de mayo de
1817, Domingo Antonio fue condenado a sufrir ocho
años de prisión en las cárceles cubanas de El Morro.
Fue Manuela Antonia quien hizo las gestiones para
que Domingo fuese indultado en junio de 1818 y
excarcelado al año siguiente. Gracias a ella, Domingo
Antonio y Manuel José Arce pudieron continuar
libres y activos, en la lucha por la emancipación
centroamericana.
DOÑA DOLORES BEDOYA DE MOLINA
De muchos es más o menos conocido el aporte
de una valiente mujer guatemalteca que al paso de
los años se ha tenido como un símbolo de las
incansables luchas por la libertad, luego de tres
siglos de inhumano sometimiento. Se trata pues de
doña Dolores Bedoya de Molina. La participación
de la Sra. de Molina fue algo más que la quema de
petardos y la música para atraer al centro de la
ciudad a los habitantes de todos los barrios de la
capital para que hicieran presión, a fin de que la
Asamblea decretara la Independencia .
Según Manuel Vidal (1) la noche del 14 de
septiembre de 1821,
el marqués de Aycinena, el Dr.
Pedro Molina, José
Francisco Barrundia
y la esposa del Dr.
Molina, doña María
Dolores Bedoya de
Molina, acompañada
de numeroso grupo
de mujeres ,
recorrieron los
barrios invitando a
sus seguidores, los
llamados léperos o
gente de la plebe
ladina, para reunirse
temprano en la plaza,
frente al Palacio. Era
la primera vez que la barra – gente llevada con el
objeto de presionar a una asamblea- figuraría en la
política centroamericana. Sin embargo, al día
siguiente la gente no concurrió en el número
esperado. La barra daba sus primeros pasos con
timidez. El propio Doctor Molina refiere que en la
plaza había poca gente y para hacer mayor el
concurso, era necesario animar a los tímidos. Don
José Basilio Porras y doña María Dolores idearon
poner música y quemar muchos cohetes. El artificio
fue eficaz, porque hasta los contrarios concurrieron
fingiéndose partidarios de la Independencia al creer
que ya había sido decretada, a causa de los gritos,
la música y los cohetes. Casi todos la consideraban
la mujer del momento, aunque no a todos les merezca
la misma admiración.

Es importante señalar que existe en el Archivo
General de Guatemala una valiosa obra histórica
titulada Pedro Molina, Patricio Centroamericano,
la cual aporta importantes datos sobre el Matrimonio
Molina -Bedoya y de sus hijos, incluyendo
numerosas fotografías. Vale decir que es innegable
el aporte histórico de esta obra. No obstante, si
queremos ser justos y fieles con nuestra Historia,
debemos seguir indagando sobre la contribución de
las mujeres al proceso de emancipación en
Centroamérica.
MANUELA SÁENZ
“LA LIBERTADORA DE EL LIBERTADOR”
Otro caso relevante relacionado con la
participación de las mujeres en las luchas de
independencia, esta vez en Sudamérica, corresponde
a Manuela Sáenz, una mujer extraordinaria que
nació en Quito, una hermosa ciudad situada entre
volcanes, justamente en una zona entre la Catedral
y el Palacio Nacional, en la Plaza Mayor. Según
Eduardo Galeano (2), Manuelita Sáenz, a los quince
años vestía ropa de
varón, fumaba y
domaba caballos; no
montaba de costado,
como las mujeres de
su tiempo, sino de
piernas abiertas y
despreciando
monturas. Más tarde,
a los dieciséis años, en
el Convento de Santa
Catalina, aprendió a
bordar y a
tocar el clavicordio. A
los veinte contrajo
matrimonio con el
respetable médico
inglés James Thorme.
Sabedora de que la
libertad no se mendiga, sino que se conquista con
las armas en la mano, abandonó la comodidad de
su hogar, para incorporarse activamente al proyecto
libertario de Bolívar, razón por la cual ahora la
conocemos como “La Libertadora de el Libertador”,
en clara alusión a sus luchas al lado de Simón
Bolívar.
LAS HERMANAS TOLEDO
Y LA INDEPENDENCIA DE PERÚ
“¡No pasarán, mientras tengamos vida..!”,
gritaron las hermanas Toledo, y en alas del viento
llegaron las palabras a los oídos de las tropas
españolas, suscitando la ira de éstos.
Alboreaba el 3 de marzo de 1821, día señalado
por el destino para escribir el nombre de las tres
mujeres en las páginas gloriosas de la Historia del
Perú. Poco sabemos de la vida de estas tres mujeres.
La madre llamada Cleofé y las dos hijas, para
algunos historiadores María e Higinia, para otros
Teresa y Rosa. En lo que sí concuerdan es que las
dos hermanas poseían una rara belleza, aumentada,
si se quiere, con la altivez de su gesto por la noble
causa que defendían.
El Gral. José Alvarez Arenales se encontraba
acantonado en Huancayo, esperando órdenes, cuando
el Gral. Canterac decide que los coroneles Carratalá
y Valdez ataquen a los patriotas por la vanguardia
simultáneamente encerrándolos en un anillo,
propiciado por las escarpaduras de la serranía.
Pero los espías se adelantan al designio, avisando
a Arenales, el que repliega sus tropas a Jauja. Valdez
decide, entonces, pasar por Cencepción, pero no
cuenta que las débiles fuerzas de tres mujeres serán
obstáculo insuperable para sus planes. Ellas con
ardor arengan a los indios y vecinos del lugar para
aprestarse a la lucha. Se dice que las Toledo eran
personas prominentes y de gran honorabilidad.
La madre y las hijas encomiendan la defensa a
un sargento que quedó herido en el avance de las
tropas y recogiendo todo cuanto puede ser útil para
la lucha, disponen que aliste a los naturales, mientras
ellas empuñan las armas como todo valiente soldado.
Cuenta la historia que mientras los españoles
abrían fuego contra los indios y vecinos, que
luchaban tesoneramente, arengados por ellas; los
primeros comenzaron a desplazarse sobre un puente
colgante enclavado entre dos barrancos, con una
extensión de
ochenta varas
más veinte de
altura sobre el
río Mantaro.
Las aguerridas
mujeres se
arrojaron sobre
las amarras del
puente para
cortarlas, pese
al fuego que los
españoles
hacían sobre
ellas. La
operación
ejecutada con
gran heroísmo
y destreza logró
su objetivo
hundiendo al enemigo en las envueltas aguas del Mantaro. Valdez, ciego de ira, las conmina a que
se rindan, pero las mujeres responden con desprecio
al intento.

El Cnel. Valdez suspende la lucha al caer la
tarde y se dirige con sus tropas humillado, jurando
venganza, aguas abajo, en busca de un paso cerca
de Huancayo que le permita llegar a Concepción,
lo que logra hacer. Pero en este lapso las Toledo y
los vecinos se refugian en las montañas, donde
permanecen entre los indios, hasta que los patriotas
vuelvan.
José Alvarez Arenales afirma que las heroínas
Toledo fueron condecoradas con la Medalla de
Vencedoras por el Generalísimo don José de San
Martín, otorgándoles el sueldo y grado de Capitán
hasta su muerte, premiando así el arrojo de las
mujeres que defendieron la causa de la Independencia
LEONA VICARIO Y LA
INDEPENDENCIA DE MÉXICO
María de la Soledad Leona Camila Vicario
Fernández de Salvador nació el 10 de abril de 1789
en la Ciudad de México, hija de Gaspar Martín
Vicario, un español peninsular y de doña Camila
Fernández de Salvador, una noble criolla. Pudo
educarse al nivel de los hombres, algo raro en esa
época, recibiendo desde niña una sólida formación
intelectual que le fue muy útil, ya que le tocó vivir
años muy importantes en la Historia de México.
Leona era una mujer de férreo carácter, que
desde un principio comulgó con la causa de la
Independencia y lo proclamaba sin ningún empacho
desde el balcón de su casa.
Conoció al joven yucateco Andrés Quintana
Roo, pasante de derecho, del que se enamoró. Ambos
compartían las mismas ideas de libertad y eso afianzó
su relación, a la
que se opuso su
tío y tutor, al
quedar huérfana
de padre y
madre , el
abogado Agustín
Fernández de
San Salvador,
enemigo
acérrimo de los
insurgentes.
Andrés
Quintana Roo,
quien ya pensaba
unirse a los
i n s urgentes ,
pidió la mano de
Leona a Don
Agustín, quien se
la negó, argumentando que el joven era pobre.
Andrés se trasladó a Tlalpujahua, donde se unió a
las fuerzas de Ignacio López Rayón y, ante la forzosa
separación, la joven buscó la manera de ayudar por
su cuenta a la causa de la independencia.
Leona Vicario, junto con su primo, hijo de su
tutor Fernández de San Salvador y su hermana, la
Marquesa de Vivanco, tomó parte en la concepción
del proyecto insurgente desde el mismo centro de
su élite. Ayudó al movimiento libertario en todo lo
que le era posible. Leona distribuía la
correspondencia rebelde, recibía en su casa a los
jefes y ayudaba a las familias de los apresados.
Teniendo la capacidad y recursos para ser
partícipe y libre, gastó el patrimonio que había
heredado, aún sus joyas, enviando a los insurgentes
dinero e información acerca de los movimientos
políticos y militares que observaba en la capital del
Virreinato.
Su principal medio de expresión era la escritura
y por esta vía fue una invaluable líder insurgente.
Se comunicaba mediante informes en clave
publicados en el periódico "El Ilustrador Americano".
Leona Vicario tomó los nombres de sus personajes
literarios favoritos para aplicarlos a los conspiradores.
Entre ellos, José María Morelos, Miguel Hidalgo,
Ignacio López Rayón y tantos otros líderes
insurgentes. Hoy es considerada no sólo como
heroína de la Independencia Mexicana, sino también
como la primera mujer periodista de México.
También enviaba y recibía noticias por medio
de heraldos secretos, haciendo llegar a los conjurados
dentro de la capital los informes que Quintana Roo
le enviaba desde los campos de batalla. Ella fue
quien dio la noticia en México de que los insurgentes
acuñaban moneda propia. Así mismo, proveyó de
armas y comida al ejército rebelde y trató de
convencer a los mejores armeros vizcaínos de que
se unieran a la guerra de independencia, por lo que
fue delatada como conspiradora, siendo aprehendida
y recluida en su casa, bajo la vigilancia de su tutor
Vicario, de espíritu rebelde, se escapó y huyó
al pueblo de San Juanico, Tacuba, en donde reunió
a varias mujeres, entre ellas su ama de llaves, con
el propósito de unirse a la causa insurgente.
Don Agustín, al percatarse de la ausencia de
Leona, llamó a las fuerzas reales para buscar a la
joven insurgente; esto hizo que descubrieran su
iniciativa rebelde en Tacuba, por lo que fue procesada
el 13 de marzo de 1813. Al ser amenazada con pasar
el resto de su vida en la cárcel si no delataba a las
personas resguardadas bajo los seudónimos de su
invención, Leona Vicario eligió la cárcel perpetua.
Fue sentenciada a permanecer en el Convento de
Belem de las Mochas, en la Ciudad de México y le
fueron confiscados todos sus bienes.
El 22 de abril de ese mismo año, seis hombres
disfrazados de fuerzas reales la rescataron y sacaron
de la ciudad con rumbo a Oaxaca, donde se
encontraba Morelos. Leona llevaba bajo su amplia
falda una pequeña imprenta, pues los rebeldes
editaban en forma rudimentaria su periódico "El
Ilustrador Nacional". Participó en algunos combates
y continuó difundiendo las noticias sobre lo que
ocurría en el frente de batalla, como corresponsal
de guerra.
Tres años más tarde, en 1816, Leona Vicario
contrajo matrimonio con Andrés Quintana Roo en Chilapa. La pareja acompañó a las tropas de José
María Morelos, padeciendo peligros y penurias,
compartiendo todas las vicisitudes de las campañas
militares.
Siguieron al Congreso de Chilpancingo hasta la
captura de Morelos, cuando tuvieron que emprender
una penosa peregrinación durante un año, a salto de
mata por las abruptas serranías, buscando refugio
en la sierra de Tlatlaya, en el Estado de México.
Allí, el 3 de enero de 1817, en una cueva de la
montaña, nació Genoveva, su primogénita, de la
que fue padrino Ignacio López Rayón.
Quintana Roo tuvo que huir, dejando escrita una
carta en la que solicitaba el indulto, para que su
esposa la entregara al ser aprehendida. Un año
después, Vicente Vargas, al mando de veinte
soldados de las fuerzas reales, sorprendió en su
refugio del pueblo de Tlacocuzpa a Leona Vicario
y a su pequeña, a quienes condujo a Temascaltepec,
donde se encontraron con la buena nueva de que se
les había concedido el indulto solicitado por Don
Andrés para su familia, aunque éste debían cumplirlo
en España.
El valeroso matrimonio se vio obligado a
acogerse al indulto, fue exiliado a España y,
finalmente, confinado en la ciudad de Toluca, donde
Leona y Andrés residieron hasta 1820, cuando
regresaron a la Ciudad de México. Aquí, Andrés
Quintana Roo se dedicó al ejercicio de su profesión
de abogado y a escribir obras literarias e históricas.
Leona Vicario, a pesar de haber traído al mundo
a sus dos hijas en plena campaña insurgente, fue
una mujer cuya convicción ideológica la llevó a
sacrificar todas las comodidades materiales a cambio
de mantener una congruencia de pensamiento y
acción.
Una vez consumada la Independencia, Leona y
Andrés se mantuvieron muy activos en la defensa
de la república federal. Andrés Quintana Roo fue
diputado, senador y presidente del Tribunal Supremo
de Justicia y fue Secretario de Relaciones Exteriores
durante el gobierno de Gómez Farías. Leona, además
de colaborar con él en sus tareas políticas, combatía
con su pluma los actos que le parecían en contra de
la nación mexicana. Ambos actuaron siempre con
una gran inteligencia política.
El Congreso de 1822 decidió que Leona Vicario
recibiera, en reconocimiento a su labor a favor de
la causa de la Independencia y como restitución de
parte de sus bienes incautados por el gobierno
virreinal, las propiedades de la calle de Santo
Domingo esquina con Cocheras, hoy Brasil, esquina
con Colombia, así como las propiedades de los
números 9 y 10 de esta última calle.
Leona Vicario murió a las nueve de la noche
del 21 de agosto de 1842, a los 53 años de edad, en
la casa de Santo Domingo. Nueve años le sobrevivió
Andrés Quintana Roo, su amante esposo y
compañero de incontables aventuras libertarias.
La vieja casona ubicada en Brasil 77 esquina
Colombia 3, en el Centro Histórico de la Capital
mexicana ha sido convertida en el Museo “Leona
Vicario”. Hay dos placas en la fachada con las
siguientes inscripciones: "Dedicada a la Heroína de
la Independencia" en azulejo; mientras que la otra
dice: "La mujer mexicana a Leona Vicario en
reconocimiento a sus servicios a la Patria".
En 1900 sus restos fueron trasladados a la
Rotonda de los Hombres Ilustres y en 1925, al
monumento del Ángel de la Independencia, donde
reposa al lado de los demás caudillos de ese
movimiento.
Desde 1948, el nombre de la heroína ilustre
Leona Vicario se encuentra escrito con letras de oro
en la Cámara de Diputados del Congreso de la
Unión, como representante de la mujer que le dio
la patria a México.
CONCLUSIÓN
Como el objetivo del presente artículo no es
agotar toda la información existente en los libros
de Historia sobre la participación de las mujeres en
los procesos de independencia de España, hemos
querido hacer referencia únicamente a casos muy
ejemplarizantes, los cuales esperamos sirvan de
estímulo para que aquellos lectores, interesados en
indagar sobre el tema, puedan hacerlo por su cuenta.
Al respecto es importante señalar que la lista de
mujeres comprometidas con la independencia de
nuestros pueblos es interminable. Por ejemplo,
tenemos el caso de Javier Cabrera, una mujer
extraordinaria que figuró ampliamente en la
Independencia de Chile; María Vellido y Juana
Padilla, en Perú; Josefa Ortiz de Domínguez, en
México, entre otras.
Es importante señalar que todas las mujeres
latinoamericanas que actuaron con relieve en el
caminar de la emancipación política merecen que
nuestras instituciones educativas y culturales, lo
mismo que los investigadores históricos, se interesen
en realizar una profunda investigación sobre este
tema, el cual sin temor a equivocarnos daría como
resultado la obtención de una documentación amplia,
veraz, objetiva y de innegable valor histórico para
todos los pueblos latinoamericanos. Sobre todo
ahora que corremos el riesgo de perder nuestra
identidad histórica causa de las tendencias globalizadoras.
Todas las mujeres que se esforzaron, y continúan
esforzándose por heredarnos un mundo mejor, deben
ocupar el lugar que les corresponde en la memoria
histórica de nuestros pueblos. De ahí que haya
necesidad de recordarlas con la misma admiración
y respeto que se recuerdan a todos aquellos
ciudadanos ilustres que mostraron gran interés por
heredarnos una condición de vida libre, soberana e
independiente, al modo que lo hicieron por ejemplo,
nuestros próceres de la Independencia
Centroamericana. Una gesta gloriosa que ha llenado
de sentido la vida de nuestros pueblos durante estos
ciento ochenta y cinco años que estamos
conmemorando precisamente durante este mes de
septiembre.
NOTAS
(1) Vidal, Manuel (1961). Nociones de Historia de
Centroamérica. Editorial Universitaria. San Salvador. El
Salvador.
(2) Galeano, Eduardo. (1984). Memorias del Fuego II (Las Caras
y las Máscaras). Siglo Veintiuno Editores, S.A. México. Pág.
143-144.
BIBLIOGRAFÍA
• González Báez, Conti (2003). Leona Vicario. Cápsula 61
del 13 de Septiembre. México DF, México.
• Vidal, Manuel (1961). Nociones de Historia de
Centroamérica. Editorial Universitaria. San Salvador, El
Salvador.
• Galeano, Eduardo (1984). Memorias del Fuego II (Las caras
y las Máscaras). Siglo Veintiuno Editores, S.A. México. Pág.
143-144.
• Mujeres por la Dignidad y la Vida (S/F). Las mujeres en la
historia de la Independencia y la Educación. San Salvador,
El Salvador.
BIOGRAFÍA
El Lic. Martín Alonso Mira Palomo es graduado de la Carrera de Letras
de la
Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” (UCA). Su formación
profesional incluye el Titulo de Profesor de Lenguaje y Literatura para
Tercer
Ciclo y Educación Media; dos diplomados: un Diplomado en “Educación
Familiar” y un Diplomado en “Desarrollo Familiar”, otorgados por la
Universidad Anáhuac y fundación Familia Unida Mexicana (ambas instituciones tienen
su
sede en México) y varios cursos de actualización pedagógica, impartidos
por el
Servicio de Reflexión y Actualización Pedagógica (SERCAP) de Guatemala.
Además de estar dedicado a la docencia, desde hace veinticinco años;
actualmente
se desempeña como Asesor Docente en el Comando de Doctrina y Educación
Militar (CODEM).